La gente joven - por J.D.
Salinger
Cuento inédito - Versión en español de Librero Humanoide, revisada y corregida por Rocio Rivero & Santiago Martínez Cartier.
A eso de las once,
Lucille Henderson, viendo que su fiesta estaba llegando a la altura
apropiada y que Jack Delroy le había sonreído, se forzó a mirar
hacia donde estaba Edna Phillips, que desde las ocho había estado
sentada en la gran silla roja, fumando cigarrillos y saludando
melódicamente y vistiendo unos ojos brillantes que los chicos no se
molestaban en notar. Como el lado de Edna permanecía igual, Lucille
Henderson suspiró tan fuerte como se lo permitió su vestido, y
después, frunciendo el ceño, recorrió con la mirada la habitación
donde estaban los jóvenes ruidosos que ella había invitado a
tomarse el whisky de su padre. Entonces, de repente, silbó hacia
donde William Jameson Junior estaba sentado, comiéndose las uñas y
observando fijamente a una rubiecita sentada en el piso con tres
chicos de Rutgers.
–Hola– dijo Lucille,
agarrando del brazo a William Jameson Junior –Ven. Hay alguien que
quiero que conozcas.
–¿Quién?
–Esta
chica. Es estupenda– Y Jameson la siguió a través de la
habitación, mientras intentaba sacarse la cutícula del pulgar.
–Edna, querida– dijo
Lucille Henderson –me encantaría que conozcas a Bill Jameson.
Bill, Edna. ¿O ya se conocían, ustedes, pajarillos?
–No– dijo Edna, sin
perder detalle de la gran nariz de Jameson, de su boca blanda, de sus
hombros estrechos –Estoy encantada de conocerte– le dijo.
–Yo también–
contestó Jameson, comparando mentalmente todo lo de Edna con todo lo
de la rubiecita del otro lado de la habitación.
–Bill es un muy buen
amigo de Jack Delroy– informó Lucille.
–No lo conozco tanto–
dijo Jameson.
–Bueno. Me tengo que
ir. ¡Nos vemos!
–¡Tómalo con calma!–
le dijo Edna –¿No te quieres sentar?
–Bueno, no sé– dijo
Jameson. –Estuve sentado casi toda la noche.
–No sabía que eras
amigo de Jack Delroy– dijo Edna. –Es una gran persona, ¿no te
parece?
–Sí, es un buen tipo,
supongo. No lo conozco tan bien. Nunca salí mucho con su grupo.
–¿En serio? Creí que
había escuchado decir a Lu que eras un gran amigo de Jack.
–Sí, lo dijo. Pero no
lo conozco tan bien. En realidad me tendría que estar yendo a casa.
Se supone que tengo que terminar un trabajo para el lunes. Todavía
no volví a casa este fin de semana.
–Uh, ¡pero la fiesta
recién empieza!– dijo Edna. –¡La noche está en pañales!
–¿Qué?
–La noche está en
pañales. Quiero decir que es temprano todavía.
–Sí– dijo Jameson
–Pero ni siquiera iba a salir esta noche. Culpa de ese trabajo. En
serio. Todavía no volví a casa este fin de semana.
–¡Pero es tan
temprano!– dijo Edna.
–Sí, ya sé, pero…
–Bueno, ¿sobre qué es
tu trabajo?
De repente, desde el otro
lado de la habitación, la rubiecita se rió histéricamente; los
tres chicos de Rutgers la imitaron ansiosamente para caerle bien.
–Digo que sobre qué es
tu trabajo– repitió Edna.
–No sé– dijo
Jameson. –Sobre una descripción de una catedral. Una catedral en
Europa. No sé.
–Bueno, ¿qué tienes
que hacer?
–No sé. Se supone que
tengo que hacer una crítica, algo así. Lo tengo por escrito.
De nuevo a la rubiecita y
a sus amigos les dio un ataque de risa.
–¿Criticarla?
¿Entonces la viste?
–¿Ver qué?– dijo
Jameson.
–Esa catedral.
–¿Yo? Mierda, no.
–¿Entonces cómo puedes criticarla si no la viste?
–Ah, sí. No la hice
yo. Fue un tipo el que la escribió. Se supone que yo tengo que
criticarla a partir de lo que él escribió, algo así.
–Mmm..., ya veo. Suena
difícil.
–¿Qué dijiste?
–Digo que suena
difícil. Yo sé. Yo también luché con ese tipo de cosas.
–Sí.
–¿Quién es la rata
que lo escribió?– dijo Edna.
De nuevo, exuberancia
proveniente de la rubiecita.
–¿Qué?– dijo
Jameson.
–¿Quién lo escribió?
–No sé. John Ruskin.
–Uh, estás complicado.
–¿Qué dices?
–Que estás complicado.
Digo que ese tipo de cosas es difícil.
–Sí. Supongo.
–¿A quién estás
mirando?– dijo Edna –Conozco a la mayoría de la gente que está
acá hoy.
–¿Yo?– dijo Jameson.
–A nadie. Me parece que voy a tomar algo.
–Sí, me sacaste las
palabras de la boca.
Se levantaron al mismo
tiempo. Edna era más alta que Jameson, y Jameson era más bajo que
Edna.
–Creo– dijo Edna –que
hay algo afuera, en la terraza. Algo para tomar. No estoy segura.
Podemos ver. Además podríamos tomar un poco de aire fresco.
–Bueno– dijo Jameson.
Subieron a la terraza,
Edna se agachó y sacudió unas cenizas imaginarias de lo que venía
siendo su regazo desde las ocho. Jameson la siguió, mirando su
espalda, mordiéndose el dedo índice de su mano izquierda.
Para leer, coser o
realizar crucigramas, la terraza de los Henderson estaba iluminada de
manera inadecuada. La luz se filtraba a través de la puerta
metálica. Edna advirtió voces a su izquierda, desde la vecina
oscuridad de la izquierda. Pero ella caminó directamente al borde de
la terraza, se apoyó en el blanco pasamanos, respiró hondo y se dio
vuelta buscando a Jameson.
-Escuché que alguien
hablaba- dijo Jameson, uniéndose a ella.
-Shhh...¿No es una noche
hermosa? Sólo respira profundo.
-Sí. ¿Dónde está el
whisky?
-En un minuto- dijo Edna-
Sólo respira hondo, aunque sea una vez.
-Sí, lo hice. Quizás
sea eso de ahí. - la dejó sola y se dirigió a la mesa. Edna se
volvió y lo miró. Más que nada por su silueta lo vio levantar y
tomar cosas de la mesa.
-¡No queda nada!-
Jameson la volvió a llamar.
-Shhh. No tan fuerte. Ven
aquí un minuto.
Él fue con ella.
-¿Qué hay?- Preguntó.
-Sólo mira el cielo-
dijo Edna.
-Sí. Puedo escuchar a
alguien murmurando cerca. ¿Lo escuchas?
-Sí, tonto.
-¿Qué quieres decir con
eso de tonto?
-Algunas personas- dijo
Edna- quieren estar solas.
-Sí, seguro. Lo
entiendo.
-No tan fuerte. ¿Te
gustaría que alguien estropeara el momento?
-Sí, seguro- dijo
Jameson.
-Creo que mataría a
alguien. ¿Tú no?
-No lo sé. Sí, supongo
que sí.
-Como sea. ¿Qué hacés
la mayor parte del tiempo, cuando estás en casa, los fines de
semana?-preguntó Edna.
-¿Yo? No sé.
-¿La puñeta?
-No entiendo- dijo
Jameson.
-Ya sabés, perder el
tiempo. Cosas de Joe College.
-No, no sé. No mucho.
-Sabés algo- dijo Edna
abruptamente- me recuerdas mucho a este chico con el que yo salía el
verano pasado. Quiero decir, la manera de ser y todo. Barry tenía tu
aspecto exacto. Ya sabés. Raro.
-¿Sí?
-Mmm. Él era un artista.
¡Oh, Dios!
-¿Cuál es el problema?
-Ninguno. Sólo que nunca
olvidaré aquella vez que quiso hacerme un retrato. Me decía
siempre, serio como el demonio: “Eddie, no tienes una belleza
convencional, pero hay algo en tu rostro que quisiera atrapar”.
Quiero decir, me decía esto serio como el demonio. Bueno, fue la
única vez que posé para él.
-Sí- dijo Jameson- Hey,
podría entrar y traer algunas cosas.
-No- dijo Edna- Sólo
fumemos un cigarrillo. Es tan agradable aquí fuera. Además, están
los amorosos murmullos y todo eso.
-No lo creo. No tengo
ninguno conmigo. Me parece que quedaron en la otra habitación.
-No, no te molestes - le
dijo Edna- Yo tengo alguno aquí mismo- Abrió su cartera y sacó un
pequeño y negro estuche de falsos diamantes, lo abrió y le ofreció
uno de los tres cigarrillos a Jameson. Tomó uno, Jameson insistió en que debería irse, que ya le había contado del asunto que debía
preparar para el lunes. Finalmente encontró los fósforos y encendió
uno.
-Oh- dijo Edna- calando
su cigarrillo- ya terminará pronto. Por cierto, ¿notaste a Doris
Leggett?
-¿Cuál es ella?
-¿Viste la petisa? ¿La
rubia? ¿La que salía con Peter Ilesner? Oh, debiste verla. Estaba
sentada en el piso, riéndose fuerte.
-¿Esa era ella? ¿La
conoces?- dijo Jameson
-Algo así- le respondió
Edna- No salimos mucho juntas. Todo lo que sé de ella es por lo que
Pete Ilesner me contó.
-¿Quién es él?
-¿Petie Ilesner? ¿No lo
conoces? Oh, es un gran chico. Estuvo con Doris Leggett un tiempo. Y
en mi opinión, ella le dio un disguto. Algo vil, yo pienso.
-¿Cómo?- dijo Jameson-
¿Qué quieres decir?
-Oh, olvídate, me
conoces. Odio arriesgarme si no estoy del todo segura. Ya no. Aunque
no creo que Petie me hubiera mentido así. Después de todo, quiero
decir.
-Ella no es mala- dijo
Jameson- ¿Doris Liggett?
-Leggett - dijo Edna-
Supongo que es atractiva para los hombres. No lo sé. Creo que me
gustaba más cuando tenía su cabello natural. Quiero decir que el
pelo aclarado, para mí, siempre luce artificial cuando lo ves a la
luz. No lo sé. Quizás esté equivocada. Todo el mundo lo hace,
supongo. Dios, mi papá me mataría si llegara a casa con el pelo
teñido aunque sea un poquito. Tú no lo conoces a mi papá. Es
chapado a la antigua. Honestamente, no creo que nunca vaya a hacerlo.
Pero ya sabes. A veces haces cosas locas. Dios, ¡mi papá no es el
único! Si lo hiciera, ¡Barry también me hubiese matado!
-¿Quién? - preguntó
Jameson
-Barry, el chico del que
te hablé.
-¿Él está aquí esta
noche?
-¿Barry? ¡Dios, no! No
me lo puedo imaginar en un lugar así. No lo conoces.
-¿Va a la universidad?
-¿Barry? Lo hizo.
Princeton. Se graduó en el treinta y cuatro. No estoy segura.
Realmente no he vuelto a ver a Barry desde el último verano. Bueno,
al menos no hablamos. Fiestas y esas cosas. Siempre me las arreglé
para evitarlo cuando me miraba. O correr hacia algún John o algo
así.
-Creí que te gustaba,
este chico- dijo Jameson.
-Mmm. Me gustaba. Hasta
cierto punto.
-No lo entiendo.
-No importa. No quiero
hablar de eso. Pretendía mucho de mí, eso es todo.
-Oh- dijo Jameson.
-No soy mojigata ni nada
de eso. No lo sé. Quizás lo soy. Tengo mis propios estándares y a
mi manera trato de alcanzarlos. Lo mejor que puedo, de cualquier
manera.
-Mira- dijo Jameson- la
baranda se tiembla bastante.
Dijo Edna:
-No es que no entienda
cómo se siente un chico después de salir con una todo el verano,
gastando el dinero que no tiene derecho a gastar en entradas para el
teatro, salidas y todo eso. Quiero decir, puedo entenderlo. Él
siente que le debes algo. Bueno, yo no soy así. Supongo que no estoy
hecha de esa manera. Tiene que ser algo real. Antes de, tu sabes.
Quiero decir, amor y todo eso.
-Bueno, mira, uh.
Realmente me tengo que ir. Tengo este trabajo para el lunes.
Demonios, debería estar en casa desde hace horas. Entonces creo que
voy a entrar a tomar algo y ya me voy.
-Sí- dijo Edna- ve
adentro.
-¿No vienes?
-En un minuto, ve tú
primero.
-Bueno, nos vemos- dijo
Jameson.
Edna se desplazó por el
balcón. Encendió el último cigarrillo que le quedaba.
Adentro, alguien había encendido la radio, o habían subido el
volumen de repente. Una cantante entonaba el slogan de aquel nuevo
programa que hasta los repartidores ya habían comenzado a silbar.
Ninguna puerta suena como
una puerta metálica.
-¡Edna! - saludó
Lucille Henderson.
-Hey, hey- dijo Edna –
hola, Harry.
-¿Qué dices?
-Bill está dentro –
dijo Lucille- tráeme un trago, ¿podrías, Harry?
-Seguro.
-¿Qué sucedió? -
Lucille quería saber- ¿Tu y Bill no congeniaron? ¿Son esos Frances
y Eddie por allá?
-No lo sé. Él tenía
que irse. Tenía mucho que trabajo para el lunes.
-Bueno. Ahora él está tirado en el suelo con Dottie Leggett. Delroy está detrás. Y
esos son Frances y Eddie por allí.
-Tu pequeño Bill es todo
un hombre.
-¿Sí? ¿Cómo? ¿Qué
quieres decir? - dijo Lucille.
Edna se mojó los labios
y sopló las cenizas de su cigarrillo
-¿Un poco de sangre
caliente, diré?
-¿Bill Jameson?
-Bueno, - dijo Edna. -
Todavía estoy entera. Mantén a ese chico lejos de mí, ¿quieres?
-Hmmm, vivir y aprender -
dijo Lucille Henderson. - ¿Dónde ese bobo de Harry? Te veo luego,
Ed.
Cuando terminó su
cigarrillo, Edna también entró. Caminaba rápido, directamente
hacia las escaleras, dentro de la sección de la casa de la madre de
Lucille Henderson que estaba siendo adornada por jóvenes manos
sosteniendo cigarrillos y grandes vasos húmedos. Permaneció arriba
por 20 minutos. Cuando bajó, fue directamente al living. William
Jameson Junior con un vaso en su mano derecha y los dedos de su mano
izquierda dentro o cerca de la boca, estaba sentado a un par de
hombres de la rubiecita. Edna se sentó en la gran silla roja. Nadie
la había ocupado. Abrió su cartera y sacó su pequeño y negro
estuche de falsos diamantes, de donde extrajo un cigarrillo de los
diez o doce que le quedaban.
-¡Hey! - llamó ella,
golpeando el cigarrillo sobre el brazo del sillón. - ¡Hey, Lu,
Bobby! Vean si pueden poner algo mejor en la radio! Digo, ¿quién
puede bailar esta clase de cosa?
Fin.