lunes, 3 de junio de 2013

The Rubber


Las ideas sobre el animismo se caracterizan por la pululación de espíritus humanos en el mundo. Freud dice que por la sobreestimación narcisista de los propios procesos psíquicos, por la omnipotencia del pensamiento y por la magia. (Atribución de fuerza mágica a objetos). En lo primero que pensé cuando vi esta película es que, a pesar de la humorada y de la obvia manifestación satírica, no se trata, en realidad, de otra cosa que una re-actualización de esas viejas nociones sobre objetos que cobran vida o que, en cualquier caso, tienen o poseen atribuciones que las desbordan.
La primera vez que vi esta película, estaba ligeramente alcoholizado y sentía sueño y cansancio y mi desconfianza innata a todas las películas modernas que se pretenden innovadoras o graciosas o vanguardistas me puso a la defensiva. Mi reacción natural ante lo transgresor, es darme media vuelta e irme o simplemente cerrar los ojos y dormir. Me aburren sobremanera todos los mega artistas. La cuestión es que a veces, lo reconozco, acabo siendo injusto. Me pierdo cosas buenas por mi mala predisposición natural. Al fin, que volví a ver esta película en mejores condiciones y entendí que conserva y posee un gran potencial, para pensar y volver a pensar. No tanto por sí misma, sino por su alcance. Quiero decir que es una película más interesante de lo que parece. Incluso, a pesar de toda la horda de estudiantes de cine del tres al cuarto que se sienten cautivados por ella y que sólo perciben una belleza limitada y pequeña.
Momentos de nonsense que no aparecen subrayados.
La gracia de “The Rubber” no termina en la sátira, ni en la parodia. Lo genial no es que se trata de una película protagonizada por una rueda. En realidad, eso es apenas anecdótico. Lo interesante pasa por otro lado y se relaciona con los límites del género de terror y con la puesta en escena cinematográfica. Te digo más, lo interesante de esta película es que ha sido evidentemente concebida tras un plan de una inteligencia matemática.
Si uno lo piensa un poco, luce más como un ejercicio o un juego de lógica que como cualquier otra cosa. Es una película-desafío. Y el desafío no es exactamente cinematográfico, sino silogístico. Es una película que cuestiona y plantea los límites del cine en general y de la propia película en particular. Además, utiliza con perspicacia unos cuantos trucos y golpes de efecto con gran maestría. Desde la disolución del límite entre el espectador y la obra, hasta el juego constante con el traspaso de la, así llamada, cuarta pared.
Ya lo sé, todos estos juegos no son novedosos, pero aquí aparecen totalmente disueltos en un contexto que va desde el género de terror a la comedia. Dos géneros del que nadie suele esperar nada espectacular ni mayor suspicacia y que, sin embargo, esconden una potencilidad que aquí se pone de manifiesto, casi como una travesura.
Y el resultado es muy logrado.
Y lo aplaudo.

Mi escena favorita: El policía insiste en que ya pueden dejar de fingir, le explica a los actores que son parte de una película que -desde allí- nada es real. Pero el resto de sus compañeros de trabajo insisten con la idea de que todo lo que los rodea es cierto. Para desmentir la ficción, el policía repara en el hecho de que su compañero tiene un peluche debajo del brazo, lo que no debería ocurrir en la vida real. Mas no parecen darse por aludido. Nadie. Y todo sigue su curso, como si eso nunca hubiera ocurrido.



lunes, 13 de mayo de 2013

Arquitectura antigua, de Jorge Hardmeier, por Federico Sironi


APROXIMACIÓN A LA ARQUITECTURA ANTIGUA DE JORGE HARDMEIER.


“Eucharistia, a verbo graeco idem significante
Ac gratiarum actio, sic dicta, est ineffabile
Mysterium in quo Salvator noster Dominus
Divitias divini sui erga hominess amoris
Effundit…” TRACTUS DE SANCTISSIMA 
EUCHARISTIA. Tomus tertius. Bouvier.

“Es preciso, en efecto, adquirir profundos
conocimientos sin los cuales no se tiene
sino una abundancia de palabras tan vanas
como ridículas…” Cicerón

“…Tal imán tienen para mí tus dulcísimas frases,
que no puedo callar; que no os parezca pesado
si me pongo a reflexionar antes de hablaros…”
La Divina Comedia. D. Alighieri. Canto XIII

Hace unos días, mi compañera y pareja, luego de recitar poesía en un lugar céntrico de esos a los que yo por varias razones siempre llegaba tarde, me preguntó: “¿Y vos que estás haciendo?” A lo que le contesté con un incipiente énfasis: “¡Me estoy leyendo a mí mismo!” Esa frase que ella luego me criticó y a la vez justificó con sorna, entrañaba una doble ironía y una verdad. Por un lado la soberbia propia de todo escritor de agregar palabras al mundo, cuando pareciera que todo está ya dicho, y a la vez considerarlas importantes; y por el otro, la sinceridad de reconocer que cuando uno escribe se lee a sí mismo dentro de una circunstancia determinada. Para los escritores ciudadanos, esa circunstancia es la misma ciudad; que a la vez denota una geografía, una memoria de nomenclatura epigráfica y un reverso en el que se organiza una trama intertextual que, generalmente, una generación de escribas y poetas, o un simple lobo estepario recoge dejando testimonio y elaborando una estética propia del momento. Esta estética, para un buen escritor, siempre configura una ética a la vez, pues le es atinente la concepción que Hegel elaboró en el eclipse de Hölderlin: “lo no consciente de sí, es inferior en dignidad a lo consciente”.
Bueno, salvando la digresión, en este caso, por algo hablaremos del libro Arquitectura Antigua, de Jorge Hardmeier, pues lo que agrega a nuestra literatura es necesario, en tanto al conversar con su tradición se adelanta a la novedad y no pasa a ser su víctima. Un gran maestro que tuve, que fue amigo personal de varios escritores consagrados, me dijo una vez:”todos plagiamos, y cuando nos equivocamos, creamos”. Pienso que, aunque la frase en parte desnuda una verdad, las cosas en la literatura suceden también de otra manera. En este caso J.H. no plagia, solo asume una historia y una tradición creando un nuevo texto complejo cuyo mecanismo estructural es de relojería. Iniciaremos el recorrido de sus once relatos por el primero, que es como una puerta o una ventana a los que suceden, en la configuración de un aparente tríptico tan deliberado como azaroso, donde sin embargo cada arista se sostiene en combinación con otra, en el que por supuesto no me leo a mí mismo, sino a un texto que es como un ser nuevo, y esto no lo digo porque particularmente haya sido editado, sino por su originalidad criteriosa en la marcación de una ruptura incisiva y profunda dentro del contexto de lo que hoy se está escribiendo en la ciudad de Buenos Aires, a lo que siempre estoy atento y conozco, aunque reniegue de ello y hasta me fastidie, pues soy parte de esa intertextualidad casi anárquica que pelea por encontrar una manera de decir que marque la misma geografía psíquica de los habitantes de la urbe, o al menos los sorprenda en la intemperie de las miserias que recrean con naturalidad. Empecemos entonces nuestro periplo por el libro de J.H. por el primer relato que, justamente se llama “Periplo”, para de alguna manera graficar lo que sucederá en los demás, aunque cada relato asume una variación y a la vez una entidad particular, que es tan experimental como bella y novedosa, dentro de una Arquitectura Antigua, o para decirlo mejor: clásica. Pues Jorge, respeta con decisión el Ars Poética de Horacio, en su carta a los Pisones, que puede traducirse más o menos así: si vas a escribir hazlo con claridad y sencillez. Hacerlo de esta manera es la tarea más difícil de un escritor, presupone haber hallado un estilo, y no es una mera cortesía al lector. Por eso muchos improvisados confunden el no escribir bien y no tener las ideas claras con surrealismo, cuando el surrealismo más allá de sus avatares o de casos paradigmáticos de extrema belleza crítica, como el de Antonin Artaud, muchas veces se redujo al desarrollo de una teoría racional devenida del psicoanálisis, cuando no en la provocación que luego devino conservadora y oportunista. También están aquellos que confunden un hermetismo inexpresivo con sabiduría, porque creen justamente que la sabiduría y el conocimiento entraña dificultades, escriben dificultoso sin saber lo que escriben ni para qué. En los narradores jóvenes que reniegan del oficio y del trabajo y autodefinen su talento en soledad y aún en los de la generación intermedia que repiten este absurdo esquema, el estilo predominante es el amaneramiento de las formas literarias que suelen transformarse en cúmulos de lugares comunes que el mismo mercado enseña a digerir y promueve como lectura, aún en la que es supuestamente seria, en la que da prestigio y relieve y siempre trata de imitarse. De tal manera que la obra pasa a un segundo plano, en el que hace falta un mínimo de prolijidad y solidez para decir estupideces que parecen verdades elaboradas como recetas, y se resalta la figura del autor. Entonces suele pensarse que para ser un buen escritor argentino hay que tener un gato y fotografiarse tocando la trompeta en un departamento bohemio de París, bohemio pero habitable por supuesto. O hay que usar un piloto negro con bufanda al tono dentro de un departamento desordenado, recitar con afectación y acercarse al autismo para parecer raro e incomprendido, o sencillamente emborracharse.
Nada de eso pasa con J. H., pues ha realizado una obra particular, distinta, precisa, que genera placer al leerse y genera curiosidad al pensarla, búsqueda y pregunta, cuestión y mostración de la constante de la duda que finalmente patentiza el hecho de que aún en estos tiempos se puede escribir bien. Una obra tan nuestra como el dulce de leche, pero tan universal como la geometría. Pues este autor pinta su parroquia y su ciudad, y más que imaginar como Macedonio que un Zapallo puede hacerse cosmos, parece decirnos en el tratamiento temático y formal, como la mayoría de los buenos escritores, que todas las parroquias son iguales, y por eso se reproducen con las mismas miserias y bondades, en la comedia, la tragedia y el drama, como un simple desprendimiento de heces. Solo puede ensayar esa suerte de pincelada certera, que se acerca a la distinción de una acuarela sobre un dibujo de tinta, a través de la letra que se inventa, se reproduce y se recibe como propia, un escritor que a su talento le imprime trabajo y aprendizaje diario, que no da nada por terminado en la búsqueda, y que todo lo que encuentra en sus pesquisas delicadas y eficaces propias de un detective solitario, lo sostiene en la armonía de lo antagónico que resulta vivir en esta megalópolis que es Buenos Aires, y a la vez traducirlo en buena literatura. Una literatura cuyo punto de ataque genera reflexión, enseñanza, desvelo y hasta pánico, en ese mismo valiente temor que une a aquellos escritores que ven más allá de las cosas, que ven más allá de lo que se ve, y cuya obra no solo resulta un testimonio sino que tiene un efecto de anticipación aún cuando sus palabras remitan a un presente ciudadano o a un pasado cercano. Todo buen escritor abre puertas, realidades paralelas y alternativas que se desplazan como grietas de luz en la noche de la mediocridad de la que parecen no querer salir los que en nuestra sociedad viven con comodidad, y aún los que viven sin ella. Y menos los que justifican esa curiosa óptica escribiendo. Esas aperturas son como las viejas enseñanzas y proverbios de los antiguos vates.
Vayamos un poco al grano, para justificar, aunque eso no es necesario, pues el mismo peso de esta conjunción de textos lo hace de por sí, el tono elogioso que estas palabras parecen expresar, aunque tal vez este provenga de una situación similar a la felicidad de un arqueólogo ante un hallazgo que lo justifica.
Y yendo directamente a la arqueología de esta obra de J. H.
Encontraremos en la estructura del primer relato, un recurso a lo que algunos escritores argentinos se han aproximado con escasos resultados estéticos dentro de la prosa narrativa, ya sea en relatos cortos, cuentos o novelas. En el caso de Jorge llamaré a este recurso ALITERACIÓN PROSÓDICA, y luego explicaré lo que quiero significar con esta definición aparentemente arriesgada. 
En el idioma castellano, siempre se usó como ejemplo de aliteración un verso de Zorrilla: “el ruido con que rueda la ronca tempestad”. Pero bien, la aliteración no es una mera repetición de sonidos y fonemas, pues puede recaer, en este caso, en burda onomatopeya o simple juego verbal metonímico, que es propio de los malos psicoanalistas pero no de los buenos escritores. 
La aliteración es un recurso poético que se desarrolló particularmente en el idioma alemán, por la acentuación fonética que tiene, y el peso musical de estos mismos fonemas. Fue propia de la literatura germánica medieval. De diversas maneras se trasladó al verso castellano, pero no es necesario explicar eso aquí.
En este caso, y aún cuando el verso aliterativo – por la repetición de una unidad homofónica- nunca deja de tener una pizca de onomatopeya, lo que nos interesa es la prosa aliterativa, la que sucede en el desencadenamiento de frases de tono repetitivo en hechura y acentuación, o resulta de una suerte de movimientos simétricos y especulares del mismo texto que reitera sonidos y grafías.
En ese sentido, volviendo al recurso que en Jorge llamo ALITERACIÓN PROSÓDICA, considero para tal denominación el dominio acabado que este escritor tiene de la entonación de cada frase, la acentuación particular de las mismas que generan repeticiones o apariencias de repeticiones sonoras y gráficas, y la resolución de cada enunciado con un corte preciso, que desencadena otro con total naturalidad, sin que el lector lo note, hasta que el final llega y hay cierre o apertura, según el caso, o las dos cosas a la vez. Esa suerte de punto final en estos 11 relatos, opera dentro del esquema de manera rotunda pero no efectista, debido al cuidado y originalidad de las mismas resoluciones y palabras que lo determinan.
Encontramos en los textos otro elemento a resaltar, que aunque muchos críticos, incluso latinoamericanos y argentinos, reconocieron por primera vez en Hemingway, ya había sido usado por muchos escritores locales, independientemente de su importancia o reconocimiento. Esto es: la llamada FUNCIÓN FÁTICA DEL LENGUAJE, como recurso dominante o subordinado dentro de un relato en prosa. Esto más o menos consiste que entre el emisor –escritor- y el receptor –lector- las palabras van directamente dirigidas en la estructuración de las frases o los diálogos como las mismas unidades semánticas que se usan para iniciar o terminar una conversación (vgr.: por supuesto, claro, ok, perfecto, entiendo, etc). La finalidad de la función fática no es informar sino facilitar que el texto llegue en forma directa en la ecuación emisor= receptor, de la misma manera que puede llegar un golpe, para optimizar luego el contenido con el deslizamiento ya temático de este mismo recurso. Esto puede usarse tanto como para contar una historia como para no hacerlo. Es notorio como la prosa casi exacta de J.H. renueva este viejo recurso haciéndolo propio, dentro de la funcionalidad de las coordenadas que él mismo nos impone para seguirlo en la aventura del mundo que nos presenta. Un mundo que logra hacer corpóreo eludiendo la imagen del mismo, al así presentarla como directa arquitectura de cinco dimensiones, una de las cuales es tan propia y subjetiva que esconde lugares secretos e impensados. Hacer esto con economía de arbitrios literarios, lo considero una gran virtud. No creo que muchos escritores puedan lograrlo o lo hayan hecho con tanta facilidad y precisión como en este caso. E incluyo en ellos a algunos autores que son parte del parnaso de los consagrados indiscutibles.
Muchos escritores locales, para ligarse a una escritura de este tipo, se formaron en dudosas traducciones –dudosas porque al ser hechas en España, los mismos españolismos complican la adaptación al castellano del idioma inglés, no porque niegue las traducciones, ni su propio estilo como enseñanza-, de prosa también dudosa de autores generalmente norteamericanos. Para dar un ejemplo cercano, el escritor Osvaldo Soriano trabajó eso con obsesión pero con escasos resultados en contenido y forma. Y tal vez con más suerte e inteligencia, Ricardo Piglia hizo de la traducción de estos autores el carácter de su propia literatura.
Individualizados estos dos elementos, que caracterizan la forma de escribir de J.H., no abundaré otros para no destruir la misma magia que sus textos tienen, en su grado de belleza y perfección estructural. Pero sí diré al respecto que cuando la misma forma y la misma estructura devienen en relato y hasta cuento –quiero decir que denotan y connotan una historia-, detrás de esa arquitectura de palabras muy bien hilvanadas se deja entrever ese “contar una historia”, a lo que tanto nos negamos hoy, cubierto por una especie de velo que se conforma en la misma belleza de la enunciación de las palabras y las frases. Debo resaltar que en el tercer relato de la primera parte del tríptico, llamado “En el extremo del muro, yace el pájaro”, es a mi juicio donde asoma y se constituye, como una miscelánea de acuarelas tenues y contrapuestas, la estructura de un cuento convencional de derivación folclórica al estilo Chejov que el mismo Raymond Carver envidiaría, y cuyo realismo va decantando en idas y venidas y modificaciones formales a lo largo de todos los relatos del libro. Ellas transitan distintos espacios de simulación como si fueran sombras chinas hasta provocar una revelación. Y el hecho estético no sucede, como creía Borges, cuando se genera la inminencia de una revelación que no se produce. El hecho estético sucede, por el contrario, cuando esta revelación irrumpe y aparece como algo inesperado e insólito. Ya sea en forma manifiesta y directa, ya sea en forma tácita e indirecta. Por contenido o forma. Por acción de la palabra u omisión de la misma.
Puedo, y de manera antojadiza, citar varios autores que provocan dicho efecto de revelación en el lector. Voy a citar solo tres. Uno que Jorge Hardmeier conoce muy bien y sobradamente ha estudiado: William Burroughs; otro que Borges admiraba pero no tuvo en cuenta para su ligero aserto: William Blake; y otro que denota una brillantez particular en el desarrollo de ese fenómeno literario: Malcolm Lowry. Y rápidamente asocio derivando, que estos 11 relatos están más sobre un volcán que bajo un volcán, y el magma textual que condensa es de una riqueza frondosa en palabras que nunca serán dichas pero están.
Una vez, si la memoria no me falla, creo que leí en un escrito de un ensayista italiano bastante desconocido, llamado Vincenzo Vitiello, la explicación de este fenómeno de revelación de un objeto inesperado que se encuentra fuera y detrás de las palabras, y a la vez es la misma cosa, que ellas quieren significar, desarrollar la teoría de la palabra hendida. Esto es la palabra choca contra el objeto o cosa y se parte, provoca una hiancia y lo revela, pues la perfección está allí, no en las letras que tratan de circunscribir eso mismo que aparece muchas veces incluso como inefable, pero que es como un cascote de granito contra el que la palabra se estrella. No sé siquiera si esto puede ser entendido claramente, pero les digo sin lugar a dudas que J. H. no es un escritor nominalista que juega de manera gratuita con las palabras. Tampoco busca nuevos arquetipos platónicos. Pero sí puedo decir que arremete contra ese cascote de granito buscando la misma sustancia de las cosas, esa que generalmente se nos niega, y así los vocablos se manifiestan como actos, cada vocablo y cada frase es un acto y ellos lo advierten de por sí, señalando un posicionamiento crítico que irrumpe entre las cosas del mundo para moverlas de lugar, desplazarlas a otros planos.
J.H. nos abre puertas generando sucesivos espacios donde las direcciones vectoriales de sus trazos y periplos, tanto para contar como para anular o sugerir una historia, nos recuerdan las cinco direcciones de San Pablo: arriba, abajo, a un costado, al otro y hacia adentro. Y en ese hacia adentro este escritor nos lleva a un espacio que se explica como una metáfora de tiempo, donde el todo explica a la parte y la parte explica a la vez el todo. Particularmente el relato Periplo, podría sintetizarse en la primera frase – “Yo nací muerto pero algunos ni nacieron”- y la última - “Y punto” - que solo tiene dos palabras. Pero el uso del corchete y el paréntesis nos abren sucesivos espacios de significación que operan como sintagmas convertidos en fracciones matemáticas por su precisión formal y, a la vez, como un calidoscopio. Y ya que llegamos a las coloraturas de la prosa de J. H., podríamos decir que si sus relatos se desarrollaran esparciendo colores y pinceladas sobre un plano para contar una historia y dejar un testimonio, podría asemejarse a una pintura de Monet por el distanciamiento del objeto que lo hace más preciso en su descripción difusa, y lo reconstituye en una especie de abstracción muy elaborada donde contenido y forma no pueden deslindarse. Para decirlo en términos pictóricos, donde lo figurativo es abstracto y lo abstracto figurativo.
En cuanto a la concepción espacial de la estructura de los relatos, como metáfora temporal, se explica en que esta última dimensión no determina el dasein –ser ahí- de los personajes narrados, si no que ellos se ubican directamente en conjuntos de realidades paralelas que operan como planos a veces contrapuestos o complementarios, donde el tiempo necesariamente no acontece y sucede, pues asume el retorno de la elipse o de lo circular, en los que siempre persiste una misma lógica que no admite reloj ni calendario, aún cuando las mismas descripciones del autor los atiendan.
Veremos en un repaso del periplo de todo el libro las virtudes de las frases precisas y bien construidas, la economía en la adjetivación – “El cuerpo esbelto de la pianista inclinándose en una reverencia”; “En el departamento comienza a filtrarse una claridad exigua”; “Un tono resignado que no espera contestación alguna”; “El pelo negro cae, lacio, sobre su espalda desnuda”-, la belleza en la utilización del adjetivo sin restar naturalidad (con expresiones como: “la evidente llama”) – como en el mismo Borges sucedía a veces por su obsesión de adjetivar con precisión en contenido y forma, por ejemplo: “la noche lateral de los pantanos”-, las frases cortas que siempre aportan claridad y evitan el efecto rapsódico y confuso al que nos tienen acostumbrados algunos nuevos narradores, el desarrollo de un curiosa magia literal que se auto interpreta, el ajustado uso del adverbio -“Anochece indefectiblemente”-, etc.
Al innovar sin prejuicios, J. H., en su Arquitectura Antigua, parece decirnos también que él y sus personajes son antiguos y regulares, como Philip K. Dick solía definir a muchos de sus anti héroes en ciudades palpables y presentes plagadas de un futuro saturado y bochornoso, que es el mismo hoy, y a la vez el hoy en que Dick vivía, y donde vive con nosotros.
Pienso que la literatura es una forma de circunscribir el vacío, aunque a la vez es una mera forma de organizar la redundancia; y no siempre la excepción a esta última regla da un resultado que nos plantea algo valioso y distinto. Creo, sin temor a equivocarme, que J. H. se maneja con ductilidad en ambos mundos: el de la redundancia y el de la excepción. Sencillamente eso es saber escribir, y es ser un escritor.
Por lo demás, las líneas de fuga de la trama textual ajustadamente urdida y elaborada en una conjunción prístina de significantes y sintagmas, signos y significados, discurren dentro de la concepción lumínica del gótico, pues la sumatoria de elementos anaestructurales que generan transparencia, indican por donde entra la luz al calor de la cual deben ser leídos. Tal descripción no es antojadiza y resulta plausible. El mismo Lacan dijo una vez que cuando la palabra –usando “palabra” como “trama textual”- hace agujero, a la vez hace agujero en lo real sin ley. Pero en el caso del que escribe tal complejidad, que el psicoanalista y pensador citado quiso elaborar a través de nudos, que tal vez solo Gödel haya comprendido dentro del lenguaje matemático, este agujero le permite reconocer la evidencia de la falta. Y la falta es la verdadera musa que guía los cuadernos de navegación del escritor que no solo tiene algo que decir, sino que necesita hacerlo. Elaborada ésta en el conjunto de la elación que provoca énfasis y homofonía –al querer reducir el mundo a un conjunto de palabras y hacerlo con enunciados bellos-, el escritor se salva del viejo síntoma griego que solo el dios Asclepios curaba, en el arte natural de la elaboración literaria.
A diferencia de esos larvados romanticismos que carecen de objeto y están plagados de lugares comunes, y de las rapsódicas prosas ilegibles que constituyen solo poses y amaneramientos, J. H. nos presenta con estos 11 relatos una aproximación bella y acabada de todo lo que sucede en ese cosmos cotidiano tan maravilloso como trágico, que se recrea en la Ciudad de Buenos Aires. Y donde algunos que se creen dioses, pero son dioses domésticos y vulgares, olvidan su propia y pequeña verdad. J.H. cuenta, impregna, y avisa con sus bellas pinceladas urbanas que aún estamos vivos dentro de su misma escritura, que resulta tan natural como notable. Saludar esta obra con estas pocas palabras para mí es una alegría. Pero una alegría mayor fue leerla. Pues navegando del otro lado del espejo que el autor nos propone, discurrí en la verdad, la poesía y el concierto que las letras asumen cuando el que las junta oficia de mago.

FEDERICO SIRONI

domingo, 14 de abril de 2013

A vuestros cuerpos dispersos



Ahora que todos vimos Matrix, es re fácil, tirarle palos y decir algo así como: “Philip Dick lo hizo antes” (o lo que sea).
Yo, que soy recontra fan de Philip Dick, me resiento contra declaraciones como esa. No me gusta la gente que se queja de las cosas, después de que demostraron por sí mismas que son capaces de cumplir su función. Ya sea de entretener, sorprender o de ganarse por derecho propio los elogios que recibe. Me parece una actitud cretina quejarse de todo.

Es cierto que Matrix tomó influencias de un montón de lados y hay algo de mala fe en los Wachowski al no reconocer esas influencias. Pero también sucede otra cosa que nadie parece tener en cuenta: a veces, simplemente, los artistas plasman en su obra algo así como el “espíritu de época”. Lo que quiero decir es que -simplemente- las coincidencias existen.

Dicho lo cual y sin tener ninguna certeza de que los Wachowski hayan leído A vuestros cuerpos dispersos, tengo que confesar que, mientras lo leía, no podía dejar de pensar en las simetrías y similitudes entre una obra y otra, desde lo conceptual hasta detalles específicos. Es más, no sólo se parece a Matrix, en tanto hay dos realidades o maneras de percibir el mundo, que permanecen una oculta de la otra, sino que se parece en toda la ambición de Matrix de trasponer la problemática hacia una dimensión épica, que incluye a toda la civilización presente y futura.

De cualquier manera, A vuestros cuerpos dispersos es, a su vez, la primer parte de una saga y aunque me haya parecido un libro estupendo, no me dan ganas de leer cómo sigue. Al menos, no por ahora. Página tras página toda la novela se torna cada vez más obvia y no tengo ganas de leer otra saga épica. No quiero sonar pedante, pero se parecen todas.
Eso sí, me interesa mucho, pero mucho, la primer parte del libro, cuando todo está por suceder.
El comienzo de la novela es, sinceramente, deslumbrante.

Si no existe, debería inventarse algo así como un subgénero, al que yo llamaría: “la vida, otra vez”.
Historias en las que ya sea un personaje o varios vuelven a comenzar todo desde cero. Tanto sus propias vidas, como la vida de otros. Dentro de esta subcategoría que adivino inventada, incluiría películas como Matrix o libros como Robinson Crusoe o la serie de televisión Lost. Es decir, una mezcla de bildunsgroman y tragedia. La vida otra vez, después de algún naufragio o suceso que echa por tierra todo el mundo tal como era. Comenzar todo desde cero, por la razón que sea, implica un aprendizaje. Ese aprendizaje es la historia del personaje y se vuelve universal, en su carácter simbólico.

A vuestros cuerpos dispersos narra la vida más allá de la vida, para una serie de personajes que se corresponden con el mundo real, tal como lo conocemos.
Quiero decir, que son personajes conocidos, que tienen su lugar en la historia.
De cualquier manera, no es tan importante saber de quién se trata en un caso y otro, como de comprender que han despertado en otro mundo, en otra realidad, y que lo recuerdan todo sobre quiénes han sido, pero no les sirve de nada.

Si tuviera que pensar en un género vigente, diría que A vuestros cuerpos dispersos es una ucronía, que narra una realidad alternativa en el más allá, para una serie de personajes históricos, cuya selección es de lo más singular (Richard Burton, Herman Goering, Alice Heargraves, el propio Philip José Farmer...). Si existe un más allá, Philip José Farmer imaginó y pensó que clase de sitio podría llegar a ser y qué le pudo haber sucedido a un personaje y otro.

La premisa inicial, el gérmen de esta idea, es de lo más extravagante y genial que leí. No me gusta cómo se desarrolla luego. No me gusta qué es lo que termina sucediendo. (Se parece demasiado a cualquier otra novela de aventuras). Pero me encanta esta idea. Me parece sinceramente brillante y, con ella, se podría pensar y escribir toda una biblioteca entera. A vuestros cuerpos dispersos incentiva la imaginación. Quiero decir, nos empuja, casi de manera inevitable, a pensar en el más allá y a imaginar el destino de las personas fallecidas. Las famosas y las ignoradas. Las recientes y las más antiguas. ¿Puede ser que todas, absolutamente todas, se reencuentren en alguna parte y que ese lugar no sea ni el cielo ni el infierno, sino un lugar en el que la lucha por la supervivencia -aunque parezca paradójico- es la regla?

¿En qué se parece a Matrix? Bueno, los personajes “despiertan” a otra realidad, distinta de la que conocen. Estuvieron inmersos en una fantasía, cuya sostenibilidad es tecnológica. Al parecer, una raza superior o más avanzada es la que se encarga de sostener el engaño. En este caso, Richard Burton (como Neo) es quien despierta y siente la obligación moral de revolucionar el sistema, de descubrir quiénes son los otros, los que mantienen a la población viviendo una fantasía. Al mismo tiempo, sabe que no podría llegar lejos, si no fuera porque hay un infiltrado, un rebelde por parte de los otros, que ayudará a Richard Burton en su odisea. Como si fuera poco, se deja entrever que hay una persona que es quien, finalmente, tiene todas las respuestas y está detrás de todas las jugadas.

Como decía antes, si los Wachowski no leyeron este libro, las coincidencias son asombrosas. Pero más allá de esto, que es apenas un comentario, el libro cotiene una serie de episodios y situaciones de lo más subyugantes. Las especulaciones racionalistas que intentan darle sentido a todo, incluso cuando las situaciones carecen por completo de todo sentido, se vuelven hilarantes de tan geniales. La idea de que el más allá es un experimento científico de una raza superior es la mejor idea que escuché sobre el más allá.

martes, 9 de abril de 2013

La gente joven - J.D. Salinger


La gente joven - por J.D. Salinger
Cuento inédito - Versión en español de Librero Humanoide, revisada y corregida por Rocio Rivero & Santiago Martínez Cartier.



A eso de las once, Lucille Henderson, viendo que su fiesta estaba llegando a la altura apropiada y que Jack Delroy le había sonreído, se forzó a mirar hacia donde estaba Edna Phillips, que desde las ocho había estado sentada en la gran silla roja, fumando cigarrillos y saludando melódicamente y vistiendo unos ojos brillantes que los chicos no se molestaban en notar. Como el lado de Edna permanecía igual, Lucille Henderson suspiró tan fuerte como se lo permitió su vestido, y después, frunciendo el ceño, recorrió con la mirada la habitación donde estaban los jóvenes ruidosos que ella había invitado a tomarse el whisky de su padre. Entonces, de repente, silbó hacia donde William Jameson Junior estaba sentado, comiéndose las uñas y observando fijamente a una rubiecita sentada en el piso con tres chicos de Rutgers.
–Hola– dijo Lucille, agarrando del brazo a William Jameson Junior –Ven. Hay alguien que quiero que conozcas.
–¿Quién?
–Esta chica. Es estupenda– Y Jameson la siguió a través de la habitación, mientras intentaba sacarse la cutícula del pulgar.
–Edna, querida– dijo Lucille Henderson –me encantaría que conozcas a Bill Jameson. Bill, Edna. ¿O ya se conocían, ustedes, pajarillos?
–No– dijo Edna, sin perder detalle de la gran nariz de Jameson, de su boca blanda, de sus hombros estrechos –Estoy encantada de conocerte– le dijo.
–Yo también– contestó Jameson, comparando mentalmente todo lo de Edna con todo lo de la rubiecita del otro lado de la habitación.
–Bill es un muy buen amigo de Jack Delroy– informó Lucille.
–No lo conozco tanto– dijo Jameson.
–Bueno. Me tengo que ir. ¡Nos vemos!
–¡Tómalo con calma!– le dijo Edna –¿No te quieres sentar?
–Bueno, no sé– dijo Jameson. –Estuve sentado casi toda la noche.
–No sabía que eras amigo de Jack Delroy– dijo Edna. –Es una gran persona, ¿no te parece?
–Sí, es un buen tipo, supongo. No lo conozco tan bien. Nunca salí mucho con su grupo.
–¿En serio? Creí que había escuchado decir a Lu que eras un gran amigo de Jack.
–Sí, lo dijo. Pero no lo conozco tan bien. En realidad me tendría que estar yendo a casa. Se supone que tengo que terminar un trabajo para el lunes. Todavía no volví a casa este fin de semana.
–Uh, ¡pero la fiesta recién empieza!– dijo Edna. –¡La noche está en pañales!
–¿Qué?
–La noche está en pañales. Quiero decir que es temprano todavía.
–Sí– dijo Jameson –Pero ni siquiera iba a salir esta noche. Culpa de ese trabajo. En serio. Todavía no volví a casa este fin de semana.
–¡Pero es tan temprano!– dijo Edna.
–Sí, ya sé, pero…
–Bueno, ¿sobre qué es tu trabajo?
De repente, desde el otro lado de la habitación, la rubiecita se rió histéricamente; los tres chicos de Rutgers la imitaron ansiosamente para caerle bien.
–Digo que sobre qué es tu trabajo– repitió Edna.
–No sé– dijo Jameson. –Sobre una descripción de una catedral. Una catedral en Europa. No sé.
–Bueno, ¿qué tienes que hacer?
–No sé. Se supone que tengo que hacer una crítica, algo así. Lo tengo por escrito.
De nuevo a la rubiecita y a sus amigos les dio un ataque de risa.
–¿Criticarla? ¿Entonces la viste?
–¿Ver qué?– dijo Jameson.
–Esa catedral.
–¿Yo? Mierda, no.
–¿Entonces cómo puedes criticarla si no la viste?
–Ah, sí. No la hice yo. Fue un tipo el que la escribió. Se supone que yo tengo que criticarla a partir de lo que él escribió, algo así.
–Mmm..., ya veo. Suena difícil.
–¿Qué dijiste?
–Digo que suena difícil. Yo sé. Yo también luché con ese tipo de cosas.
–Sí.
–¿Quién es la rata que lo escribió?– dijo Edna.
De nuevo, exuberancia proveniente de la rubiecita.
–¿Qué?– dijo Jameson.
–¿Quién lo escribió?
–No sé. John Ruskin.
–Uh, estás complicado.
–¿Qué dices?
–Que estás complicado. Digo que ese tipo de cosas es difícil.
–Sí. Supongo.
–¿A quién estás mirando?– dijo Edna –Conozco a la mayoría de la gente que está acá hoy.
–¿Yo?– dijo Jameson. –A nadie. Me parece que voy a tomar algo.
–Sí, me sacaste las palabras de la boca.
Se levantaron al mismo tiempo. Edna era más alta que Jameson, y Jameson era más bajo que Edna.
–Creo– dijo Edna –que hay algo afuera, en la terraza. Algo para tomar. No estoy segura. Podemos ver. Además podríamos tomar un poco de aire fresco.
–Bueno– dijo Jameson.
Subieron a la terraza, Edna se agachó y sacudió unas cenizas imaginarias de lo que venía siendo su regazo desde las ocho. Jameson la siguió, mirando su espalda, mordiéndose el dedo índice de su mano izquierda.
Para leer, coser o realizar crucigramas, la terraza de los Henderson estaba iluminada de manera inadecuada. La luz se filtraba a través de la puerta metálica. Edna advirtió voces a su izquierda, desde la vecina oscuridad de la izquierda. Pero ella caminó directamente al borde de la terraza, se apoyó en el blanco pasamanos, respiró hondo y se dio vuelta buscando a Jameson.
-Escuché que alguien hablaba- dijo Jameson, uniéndose a ella.
-Shhh...¿No es una noche hermosa? Sólo respira profundo.
-Sí. ¿Dónde está el whisky?
-En un minuto- dijo Edna- Sólo respira hondo, aunque sea una vez.
-Sí, lo hice. Quizás sea eso de ahí. - la dejó sola y se dirigió a la mesa. Edna se volvió y lo miró. Más que nada por su silueta lo vio levantar y tomar cosas de la mesa.
-¡No queda nada!- Jameson la volvió a llamar.
-Shhh. No tan fuerte. Ven aquí un minuto.
Él fue con ella.
-¿Qué hay?- Preguntó.
-Sólo mira el cielo- dijo Edna.
-Sí. Puedo escuchar a alguien murmurando cerca. ¿Lo escuchas?
-Sí, tonto.
-¿Qué quieres decir con eso de tonto?
-Algunas personas- dijo Edna- quieren estar solas.
-Sí, seguro. Lo entiendo.
-No tan fuerte. ¿Te gustaría que alguien estropeara el momento?
-Sí, seguro- dijo Jameson.
-Creo que mataría a alguien. ¿Tú no?
-No lo sé. Sí, supongo que sí.
-Como sea. ¿Qué hacés la mayor parte del tiempo, cuando estás en casa, los fines de semana?-preguntó Edna.
-¿Yo? No sé.
-¿La puñeta?
-No entiendo- dijo Jameson.
-Ya sabés, perder el tiempo. Cosas de Joe College.
-No, no sé. No mucho.
-Sabés algo- dijo Edna abruptamente- me recuerdas mucho a este chico con el que yo salía el verano pasado. Quiero decir, la manera de ser y todo. Barry tenía tu aspecto exacto. Ya sabés. Raro.
-¿Sí?
-Mmm. Él era un artista. ¡Oh, Dios!
-¿Cuál es el problema?
-Ninguno. Sólo que nunca olvidaré aquella vez que quiso hacerme un retrato. Me decía siempre, serio como el demonio: “Eddie, no tienes una belleza convencional, pero hay algo en tu rostro que quisiera atrapar”. Quiero decir, me decía esto serio como el demonio. Bueno, fue la única vez que posé para él.
-Sí- dijo Jameson- Hey, podría entrar y traer algunas cosas.
-No- dijo Edna- Sólo fumemos un cigarrillo. Es tan agradable aquí fuera. Además, están los amorosos murmullos y todo eso.
-No lo creo. No tengo ninguno conmigo. Me parece que quedaron en la otra habitación.
-No, no te molestes - le dijo Edna- Yo tengo alguno aquí mismo- Abrió su cartera y sacó un pequeño y negro estuche de falsos diamantes, lo abrió y le ofreció uno de los tres cigarrillos a Jameson. Tomó uno, Jameson insistió en que debería irse, que ya le había contado del asunto que debía preparar para el lunes. Finalmente encontró los fósforos y encendió uno.
-Oh- dijo Edna- calando su cigarrillo- ya terminará pronto. Por cierto, ¿notaste a Doris Leggett?
-¿Cuál es ella?
-¿Viste la petisa? ¿La rubia? ¿La que salía con Peter Ilesner? Oh, debiste verla. Estaba sentada en el piso, riéndose fuerte.
-¿Esa era ella? ¿La conoces?- dijo Jameson
-Algo así- le respondió Edna- No salimos mucho juntas. Todo lo que sé de ella es por lo que Pete Ilesner me contó.
-¿Quién es él?
-¿Petie Ilesner? ¿No lo conoces? Oh, es un gran chico. Estuvo con Doris Leggett un tiempo. Y en mi opinión, ella le dio un disguto. Algo vil, yo pienso.
-¿Cómo?- dijo Jameson- ¿Qué quieres decir?
-Oh, olvídate, me conoces. Odio arriesgarme si no estoy del todo segura. Ya no. Aunque no creo que Petie me hubiera mentido así. Después de todo, quiero decir.
-Ella no es mala- dijo Jameson- ¿Doris Liggett?
-Leggett - dijo Edna- Supongo que es atractiva para los hombres. No lo sé. Creo que me gustaba más cuando tenía su cabello natural. Quiero decir que el pelo aclarado, para mí, siempre luce artificial cuando lo ves a la luz. No lo sé. Quizás esté equivocada. Todo el mundo lo hace, supongo. Dios, mi papá me mataría si llegara a casa con el pelo teñido aunque sea un poquito. Tú no lo conoces a mi papá. Es chapado a la antigua. Honestamente, no creo que nunca vaya a hacerlo. Pero ya sabes. A veces haces cosas locas. Dios, ¡mi papá no es el único! Si lo hiciera, ¡Barry también me hubiese matado!
-¿Quién? - preguntó Jameson
-Barry, el chico del que te hablé.
-¿Él está aquí esta noche?
-¿Barry? ¡Dios, no! No me lo puedo imaginar en un lugar así. No lo conoces.
-¿Va a la universidad?
-¿Barry? Lo hizo. Princeton. Se graduó en el treinta y cuatro. No estoy segura. Realmente no he vuelto a ver a Barry desde el último verano. Bueno, al menos no hablamos. Fiestas y esas cosas. Siempre me las arreglé para evitarlo cuando me miraba. O correr hacia algún John o algo así.
-Creí que te gustaba, este chico- dijo Jameson.
-Mmm. Me gustaba. Hasta cierto punto.
-No lo entiendo.
-No importa. No quiero hablar de eso. Pretendía mucho de mí, eso es todo.
-Oh- dijo Jameson.
-No soy mojigata ni nada de eso. No lo sé. Quizás lo soy. Tengo mis propios estándares y a mi manera trato de alcanzarlos. Lo mejor que puedo, de cualquier manera.
-Mira- dijo Jameson- la baranda se tiembla bastante.
Dijo Edna:
-No es que no entienda cómo se siente un chico después de salir con una todo el verano, gastando el dinero que no tiene derecho a gastar en entradas para el teatro, salidas y todo eso. Quiero decir, puedo entenderlo. Él siente que le debes algo. Bueno, yo no soy así. Supongo que no estoy hecha de esa manera. Tiene que ser algo real. Antes de, tu sabes. Quiero decir, amor y todo eso.
-Bueno, mira, uh. Realmente me tengo que ir. Tengo este trabajo para el lunes. Demonios, debería estar en casa desde hace horas. Entonces creo que voy a entrar a tomar algo y ya me voy.
-Sí- dijo Edna- ve adentro.
-¿No vienes?
-En un minuto, ve tú primero.
-Bueno, nos vemos- dijo Jameson.
Edna se desplazó por el balcón. Encendió el último cigarrillo que le quedaba. Adentro, alguien había encendido la radio, o habían subido el volumen de repente. Una cantante entonaba el slogan de aquel nuevo programa que hasta los repartidores ya habían comenzado a silbar.
Ninguna puerta suena como una puerta metálica.
-¡Edna! - saludó Lucille Henderson.
-Hey, hey- dijo Edna – hola, Harry.
-¿Qué dices?
-Bill está dentro – dijo Lucille- tráeme un trago, ¿podrías, Harry?
-Seguro.
-¿Qué sucedió? - Lucille quería saber- ¿Tu y Bill no congeniaron? ¿Son esos Frances y Eddie por allá?
-No lo sé. Él tenía que irse. Tenía mucho que trabajo para el lunes.
-Bueno. Ahora él está tirado en el suelo con Dottie Leggett. Delroy está detrás. Y esos son Frances y Eddie por allí.
-Tu pequeño Bill es todo un hombre.
-¿Sí? ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? - dijo Lucille.
Edna se mojó los labios y sopló las cenizas de su cigarrillo
-¿Un poco de sangre caliente, diré?
-¿Bill Jameson?
-Bueno, - dijo Edna. - Todavía estoy entera. Mantén a ese chico lejos de mí, ¿quieres?
-Hmmm, vivir y aprender - dijo Lucille Henderson. - ¿Dónde ese bobo de Harry? Te veo luego, Ed.
Cuando terminó su cigarrillo, Edna también entró. Caminaba rápido, directamente hacia las escaleras, dentro de la sección de la casa de la madre de Lucille Henderson que estaba siendo adornada por jóvenes manos sosteniendo cigarrillos y grandes vasos húmedos. Permaneció arriba por 20 minutos. Cuando bajó, fue directamente al living. William Jameson Junior con un vaso en su mano derecha y los dedos de su mano izquierda dentro o cerca de la boca, estaba sentado a un par de hombres de la rubiecita. Edna se sentó en la gran silla roja. Nadie la había ocupado. Abrió su cartera y sacó su pequeño y negro estuche de falsos diamantes, de donde extrajo un cigarrillo de los diez o doce que le quedaban.
-¡Hey! - llamó ella, golpeando el cigarrillo sobre el brazo del sillón. - ¡Hey, Lu, Bobby! Vean si pueden poner algo mejor en la radio! Digo, ¿quién puede bailar esta clase de cosa?


Fin.

Idiosincrasia



Hemos naturalizado la existencia y proliferación de poetas, como si fuera la cosa más natural del mundo, pero no lo es.
De hecho, todavía no sabemos muy bien en qué consiste la poesía o quiénes son exactamente los poetas.
Sin embargo, los poetas se multiplican.
Todos somos poetas.
Las personas que no escriben poesías son bichos raros. Freaks.
Todos escribimos poesías. Buenas, malas, regulares, excelentes. Pero todos lo hacemos. Es parte de saber escribir. Parte de un aprendizaje de lectoescritura. Aprendes a leer y escribir, zas, escribes un poema.
Y cuando la poesía no ha sido planteada en términos estrictamente simbólicos, se plantea en términos metafóricos.
Cuando no publicamos un libro, tenemos una vida peculiar. El histrionismo de nuestras vanidades nos hace poetas de la vida.
No obstante, pensar en el alcance y dimensión, desde un abordaje semiológico y crítico de la poesía, es algo inusual y específico, que franquea un modo peculiar de relaciones sintagmáticas y fenomenológicas precisas.
Aunque abundan los poetas, faltan críticos.
Los intelectuales y bibliófilos se interesan menos por la poesía de lo que los poetas pretenden.
La producción y consumo de poesía ya no depende de los intelectuales. Es un género que se ha escindido de la cadena mercantil.
Tendríamos que revisar seriamente la idea de los poetas como seres capacitados y dotados de una sensibilidad particular. ¿Realmente los poetas poseen cierta iconoclasia?
La poesía está subvalorada y sobrevalorada, a partes iguales.
El género ha mutado y deformado.
Lo que llega hasta nosotros es una fantasía bastarda.
Suponer que todo el que escribe poemas es un intelectual es como suponer que todo el que sabe tocar la guitarra es músico.
El genio es algo más esquivo e indeterminado.
Y a la mayoría de la gente le importa poco establecer alguna diferencia.
Propongo visitar talleres literarios con espíritu antropológico, como si se tratara de un experimento científico. Allí, a poco de observar con detenimiento, detectaremos enseguida los tópicos habituales de esa sensibilidad fingida y bastarda.
Los poetas del submundo conviven con los poetas clásicos.
Para bien y para mal. Todo forma parte del mismo caos, de la misma cosmovisión astillada.
Si fuéramos capaces de percibir sutilezas, ya no como lectores, sino como personas sensibles, advertiríamos que quizás no todo vale lo mismo.
Si alguien golpea de manera rítmica un tambor (el mismo golpe a intervalos regulares), lo más probable es que sintamos el impulso de mover los pies o batir palmas.
Es una reacción física ante un estímulo primitivo.
La inteligencia y la templanza buscan modos más complejos de vinculación de sentido.
Idiosincrasia, de José García González, es un libro inusual, peculiar, extraño. Un libro fronterizo. Intenté encontrarle algún sentido y no pude y en esa imposibilidad radica su encanto. Cuando lo leí tuve la sensación de que estaba leyendo la mente del autor. Y que sus pensamientos eran desordenados y sugerentes. Hay un trasfondo cultural que, como unas columnas de hierro, no permiten que el discurso se venga a pique. Pero esa voluntad férrea, convive con una pulsión anarquista e incendiaria.
Me gustan los libros así. Me hacen sentir un voyeur intelectual.
El resto es nada.
Una opinión como cualquier otra.